lun

02

feb

2015

Jornada de la vida consagrada

PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO

Mlq 3, 1-4; Sal 23; Hb 2, 14-18; Lc  2,  22-40

 

Hoy la Iglesia nos convoca a dar gracias a Dios por doble motivo. En primer lugar, por Jesucristo, a quien sus padres presentan en el templo y reconocen los ancianos Simeón y Ana. En segundo lugar, por ser la Jornada Mundial de oración por la Vida Consagrada, precisamente el año dedicado especialmente por el Papa Francisco a esta forma de vida cristiana en la Iglesia.

La fiesta de la Presentación del Señor hunde sus raíces en las profecías cumplidas: “De pronto entrará en el santuario el Señor. (…) presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos” (Mlq 3, 4).

Los textos litúrgicos se hacen eco del acontecimiento. Emmanuel entra en el santuario: “¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria” (Sal 23).

Las lecturas se refieren a la ofrenda: “Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor” (Lc 2,23). Este aspecto es el que coincide más con el sentido de la Jornada Mundial de Oración por la Vida Consagrada.

Si gracias al bautismo a todos se nos hace hijos de Dios por adopción, y al mismo tiempo se nos consagra como sacerdotes, profetas y reyes, la Vida Consagrada podría parecer algo accidental en la Iglesia. Sin embargo, desde el principio, Jesús quiso tener junto a sí a un grupo de discípulos, entre los que había tanto varones como mujeres, que lo seguían por el camino.

Los consagrados se descubren llamados por el Señor a ir detrás de Él, a seguirlo “más de cerca”. Y se sienten invitados a tomar como expresión evangélica la manera de vivir del Maestro y de su Madre la Virgen María profesando los Consejos Evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

Este año, los consagrados tienen una convocatoria especial a ser signo luminoso en la Iglesia, como candela que se pone sobre el candelero; todos deberemos ser apoyo y ayuda, a la vez que pedimos al Señor que siga enriqueciéndonos en la Iglesia con los diferentes carismas derramados sobre los bautizados, y que podamos llevar a cabo la vocación principal de todo cristiano, la evangelización.