Comienzo del tiempo ordinario

Transcurridas las grandes fiestas de Navidad y de Epifanía, tanto el calendario laboral como el litúrgico, nos invitan a comenzar una etapa nueva de vida y de trabajo ordinarios.

Es tan grande el contraste entre lo que se celebra en fiestas tan familiares y lo que se tiene que asumir en el día a día, que puede asaltar la tentación de la incapacidad, del tedio, de la tristeza cuando, precisamente, deberíamos reiniciar las tareas con ánimo por las verdades que hemos celebrado, por sabernos amados de Dios y que Él nos acompaña todos los días.

En estas circunstancias de reemprender el trabajo con un poco de nostalgia, me resuenan las palabras que el Ángel dirigió a María en Nazaret: “Ninguna cosa es imposible para Dios” (Lc 1, 37). Cuando los discípulos preguntan a Jesús: «¿Y quién se podrá salvar?», Él respondió: «Lo imposible para los hombres, es posible para Dios.» (Lc 18, 26-27). Con la gracia, nosotros podemos asociarnos al Creador en la tarea de hacer buenas obras.

Nuestra naturaleza, aunque hayamos acogido la mayor noticia, la de estar redimidos, sigue siendo vulnerable y frágil, necesitada de misericordia y fuerza divina. Pero no debemos caer en desesperanza. “Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne” (Rom 8, 3).

Es cierto que «nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo” (Jn 3, 27). Ni siquiera Jesús vivió de manera emancipada. “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta” (Jn 5, 19). Ninguno de nosotros puede arrogarse la capacidad intelectual, laboral, artesanal... Y menos la propia fidelidad. “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6, 34). “Nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre” (Jn 6, 65). Pero Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11, 28).

Los poderosos de este mundo son inconscientes si piensan que poseen algo conseguido por ellos mismos. Es lapidaria la respuesta que Jesús dio a Pilato: “No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba” (Jn 19, 11). Y “¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? (Lc 12, 25-26).

El Evangelio nos desvela una regla para vivir cada día con sosiego cuando nos invita a la confianza y a saber interpretar todo en clave providente. ¡De qué distinta manera se vive cuando se lee la historia como algo casual, que cuando se descubre o se intuye un sentido trascendente de todos los acontecimientos, aun de los más penosos!

San Pablo dirá: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13). El salmista confiesa: “Mi fuerza, mi roca, mi salvación, mi baluarte, es el Señor”.

Con el deseo de que sientas el acompañamiento de la fuerza y del poder del Señor.