El icono

EPIFANÍA DE LA MATERIA

Una vez más he podido contemplar el museo de iconos de Recklinghausen, al ir a buscar  la reproducción de la Virgen de la Ternura, que en uno de los momentos más recios de mi historia, sentí que extendió sobre mí su mano protectora y me acompañó con su mirada.

Adentrarse en las salas renovadas del museo de la ciudad alemana, junto a la iglesia de San Pedro, es hacerlo en un verdadero santuario. Al admirar verdaderas joyas, y sobre todo al entablar con la mirada agradecida el diálogo que ofrecen el rostro de Cristo y el de la Madre de Dios, así como la representación de los misterios sagrados o de la vida de los santos, se restablece el sentido propio de la imagen, que lleva a tratar con aquellos a quien representa.

Debo reconocer que en un primer momento de la visita me dominó la mirada admirativa, un tanto consumista.  Después sentí que quizá había hecho agravio a lo sagrado, por no haber orado más intensamente ante la faz de Cristo, ante el rostro penetrante del Salvador, al sentir la llamada entrañable de la Virgen o al ver el rostro sereno de los santos.

El museo guarda con dignidad iconos rusos, imágenes veneradas desde hace más de cinco siglos, que antes de llegar a las sala de exposición, han sido miradas, tocadas, besadas, seguro, por tantos creyentes, y guardan el reflejo de súplicas intensas, la fuerza de la veneración amorosa y a veces angustiada, hasta instantes de luz  interior, de experiencia de gracia.

Es verdad que el museo ha impedido la pérdida de las distintas obras y su posible destrucción; es cierto que guarda verdaderas historias de fe, ventanas luminosas que permanecen abiertas a la trascendencia, y aguardan a que quizá el visitante vuelva a venerar, a través de su luz, la gloria del Misterio Divino.

He salido del museo con nostalgia, como quien se despide de amigos íntimos, y he imaginado los posibles itinerarios que han podido hacer cada una de las representaciones sagradas. Quizá han estado en el mercado libre, en la especulación, y han sido objeto de cierta iconoclasia.

¡Cuánto podrían hablarnos los ojos de Cristo, o los de la Madre de Dios, que nos muestra a su Hijo con el Libro Santo, para decirnos quién es la Sabiduría, la Palabra de vida, la Verdad revelada, el Señor de todo lo creado!

Si el arte es el don de transformar la materia y extraer de ella la belleza, la bondad y la verdad que contiene,  es porque guardar la semilla que ha depositado en ella el Creador. ¡Cuánta hermosura comparte la visión del místico, quien plasma sobre tabla su experiencia luminosa, teologal, de adoración!

El icono es la expresión más hermosa del Misterio de la Encarnación. Por el Verbo de Dios, hecho hombre, la humanidad se diviniza. Porque Dios ha tomado nuestro barro, la materia puede ofrecernos el destello de divinidad que confiesa al Creador. Y el ser humano se convierte en Epifanía.te la visión del místico, quien plasma sobre tabla su experiencia luminosa, teologal, de adoración!