II Domingo después de Navidad

Ecco 24, 1-4. 12-16; Sal 147; Ef  1, 3-6.  15-18; Jn 1, 1-18

DIOS SE HA HECHO HOMBRE

La liturgia no sale de su asombro, y durante el tiempo de Navidad, nos reitera la revelación suprema de Dios, el nacimiento de su Hijo, hecho Hombre, nacido de mujer, para rescatarnos a todos.

Dios tenía previsto, desde antiguo, redimirnos a través del don de Sí mismo en su Hijo, Sabiduría divina. “Entonces el Creador del Universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: -Habita en Jacob, sea Israel tu heredad” (Ecco 24, 8).

Dios se ha revelado progresivamente a través de los profetas y de las Escrituras: “Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz”(Sal 147).

El Creador, a través de su Palabra, lo hizo todo: “El mundo se hizo  por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no  la recibieron” (Jn 1, 11), pero muchos no lo reconocen, y plantean su vida de manera independiente, con efectos desoladores.

Hoy tenemos la posibilidad de acoger la Palabra, de recibir agradecidos la Sabiduría, y de sabernos, por gracia, adoptados por Dios. “Pero a cuantos la recibieron, les  da poder para ser hijos de Dios, si  creen en su nombre” (Jn 1,12). 

Puede parecernos un simple argumento piadoso, pero es la razón más profunda de nuestra esperanza, porque por propia iniciativa divina, en vez de dejarnos sumergidos en nuestro exilio desolador, el Hacedor de todo “nos eligió, antes de la creación del mundo, para  que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor. Nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo, conforme a su agrado” (Ef 1,4)

Al inicio del Año Nuevo, tenemos el reto de rechazar o de acoger la Palabra, que es la persona del Hijo Amado, Jesucristo. Si decidimos dejarnos acompañar por quien es Dios con nosotros, cambiará toda nuestra percepción de la vida y de la historia, y lo que parecía destinado al caos, se convertirá en una eclosión del amor de Dios, de la ternura de nuestro Criador, como diría Santa Teresa de Jesús.

Es momento propicio de recibir a la Sabiduría, y de iniciar la andadura del tiempo nuevo, acompañados de Jesús, y hasta inmersos en la presencia invisible, pero real de su persona. Santa Teresa de Jesús nos invita a permanecer dentro del castillo que somos cada uno de nosotros, y de aceptar relacionarnos con Aquel que es el Señor del castillo, con quien nos habita.