Carta: Necesidad de compartir

NECESIDAD DE COMPARTIR

No quiero allanar tu intimidad, y menos ofenderte, si vives algún momento aciago, o si la vida te ha dejado marcada la memoria con algunas heridas; si estás tentado por la tristeza porque sufres la intemperie de la prueba, de la enfermedad, del despojo de algún ser querido…

Perdóname, pero no puedo silenciar el deseo de compartir la realidad amable, que también existe, y te invito a salir por un momento de ti mismo, de tu posible enclaustramiento traumático, y que observes, si puedes, la naturaleza.

¿Quién te impide despertar el oído interior, y escuchar la brisa suave, que trae la noticia de la acción del Espíritu en todo lo que existe? Observa, si no, las copas de los árboles, mecidas por el viento, o escucha el canto de los mirlos, al amanecer, entre las ramas. ¿No oyes el susurro cadencioso del manantial, y al ruiseñor en celo?

¿Acaso te impide tu memoria el recuerdo de horas placenteras, por las voces de quienes gritan su existencia, porque sienten que nadie los piensa? ¿Acaso tú te sientes así, tan solo?

¿No te llega ni un rayo de sol, una ráfaga de luz, al alba, o el beso del cielo, a la hora del crepúsculo, cuando se incendian el horizonte y la brisa derrama el amor divino?

¿Te has quedado tan ciego que no aciertas a distinguir, ni aun en pleno día, el brillo de las cosas, la sonrisa de los rostros, la ternura de las miradas, la emoción de la vida, aunque sea entre lágrimas?

Sal, sal de ti por un momento. Escucha, mira, observa, percibe, siente tu entorno, la atmósfera cálida, el ocre de los prunos, o la flor del cerezo.

Si es verdad que estás secuestrado por la adversidad, sal al campo, aunque solo sea a la alameda, y oirás el cántico sonoro, repleto de armonía. Y, aunque sientas también el clamor de los que buscan a tientas, y se creen solos, ábrete a la percepción de la realidad que subyace en la materia, a la semilla de luz que se encierra en el acontecimiento, porque quien hizo todo de la nada, introdujo en la naturaleza la posibilidad más brillante.

Hay quienes se han inspirado para sus composiciones musicales y poéticas en el ritmo del sol naciente, en el despertar de la primavera, en los colores cobrizos del otoño, en el pálpito del corazón humano, en el nacimiento de una nueva vida.

No te excuses, ensimismado, de componer la partitura, o el poema, aunque solo sea en lo más secreto de ti, que canten una sinfonía o una nana, y así puedas llenarte de armonía, al contemplar el curso de la historia repleta de belleza y de bondad suficiente, vestigios de su Autor.