Funeral por Madre Teresita

HOMILÍA DEL FUNERAL DE MADRE TERESITA

Anoche, cuando comuniqué a tantos amigos la triste noticia de la muerte de M. Teresita, lo primero que quise expresar fue la bendición a Dios por su providencia para con nosotros, manifestada especialmente en nuestra querida hermana, que hoy enterramos. “¡Bendito sea Dios!”

La Madre Teresita nació en Foronda (Álava), el 16 de septiembre de 1907. Llegó al monasterio el 16 de abril de 1927, con 19 años. Hizo sus votos temporales el 20 de octubre de 1929, y su profesión solemne, el 22 de enero de 1932. Fue elegida abadesa muy joven y se mantuvo en el cargo hasta 1973. Ella nos diría que hasta su fallecimiento ha vivido 105 años, ocho meses, y 24 días.

No hace falta mucha imaginación para representarse lo que encontró la joven alavesa al llegar a este lugar, casi sin caminos, sin agua corriente, en tiempos recios. Ella fue testigo de momentos muy difíciles, especialmente durante la confrontación civil, tiempo en el que permaneció en el monasterio. No fue menos duro el tiempo en que iba viendo cómo se derrumbaba la población de Buenafuente, se marchaban todos los vecinos y se quedaban las monjas solas. La pobreza, el aislamiento, la soledad, el deterioro del convento, la extrema pobreza y el riesgo de verse sin atención espiritual acosaban a las monjas.

Durante su abadiato se plantearon las preguntas más fuertes acerca de si permanecer o abandonar este lugar. Ella cantaba: “No se acaba Buenafuente, Buenafuente no se acaba”. Siendo abadesa aconteció el cambio más radical del Monasterio, que pasó a ser lugar eclesial, abierto para cuantos quisieran compartir la oración. Yo mismo la acompañé ante instancias oficiales para renunciar a subvenciones que, de haberse aceptado, habrían cambiado totalmente el Sistal, como cuando, por ejemplo, se le ofrecía a la comunidad convertirse en escuela de verano para niños. Sor Teresita defendió a la comunidad de todo intervencionismo externo, y apoyó siempre la autonomía del monasterio.

Durante el tiempo más anónimo de Buenafuente, hizo los trabajos más duros, así, en la huerta del Monasterio o después, al llevar la cocina. Eran famosos los postres que hacía de leche frita y sus flanes, también las tortillas de patata, y en momentos muy especiales, el cordero. Era mujer de campo, que se cultivó en la lectio divina, y en la lectura permanente. Le interesaba lo que sucedía en la Iglesia y en la sociedad. Ha leído hasta hace muy poco diariamente los periódicos, “Ecclesia”, “Alfa y Omega”... No se arredró ante las dificultades.

Puso sus manos en los trabajo más humildes, y saludó a los autoridades de este mundo. Vivió 86 años escondida en Dios, y fue noticia universal al ser recibida por el papa Benedicto XVI el 20 de agosto de 2011. Hoy llegan al monasterio testimonios llenos de afecto de muchos amigos, algunos de ellos cardenales, obispos, sacerdotes...

Podemos testimoniar que fue una mujer sobria, austera, limpia, directa, de pocas palabras, pero llenas de cercanía y ternura. Últimamente, a quien se acercaba al locutorio para saludarla, le daba el beso en la frente, que ella llamada “de la Virgen”, y se pasaba el día pidiendo ángeles para que acompañaran a quines tuvieran más necesidad. A mí me dijo algo que se me ha quedado muy grabado. “En el cielo sabrá todo lo que yo he rezado por vd. Desde por la mañana no hago otra cosa que enviarle ángeles”. Quizá esta sea una de las razones por las que, después de casi 44 años por estas carreteras, aún estoy vivo.

Mujer creyente, de oración continua, devota de San José, a quien le encomendaba sus preocupaciones como a administrador de la casa. Conocemos florecillas que le sucedieron, como la del saco de judías que le pidió al santo, y un amigo que venía de visita se encontró un saco de judías en la carretera y lo trajo al Monasterio.

Enamorada de Jesucristo, metida en el corazón de la Virgen, en ellos descansaba y en ellos fundaba su confianza. Este es el motivo de haber escogido las lecturas del Cantar de los Cantares y el cántico de María, el Magnificat. A través de los ojos de la Virgen ha mirado M. Teresita la historia, especialmente en los últimos años. Me ha sorprendido aún más esta constante referencia al corazón de la Virgen, al leer que el papa Francisco, en los EE que dirigió a los obispo españoles, les dijo: “La mirada de María en el Magnificat puede ayudarnos a contemplar a este Señor siempre más grande. Esa grandeza del Señor, contemplada con los ojos puros de María, nos purifica la memoria…”.

Queridas hermanas, hoy nos quedamos todos un poco huérfanos, aunque si recogemos el testamento espiritual de M. Teresita, sabemos que no nos faltará la ternura de la Virgen y el acompañamiento invisible de los ángeles. Querido amigos, muchas gracias por vuestra compañía y cariño. Todos somos privilegiados al haber sido testigos de una vida ungida con la fidelidad a Dios, la entereza humana, y la cercanía al momento presente.

Que Dios tenga junto a Sí a quien en la tierra se mantuvo en su casa de oración como esposa suya, y que todos nosotros sintamos el consuelo de la fe y la fuerza para recorrer el camino.

Mientras esperamos la venida del Señor, recemos como M. Teresita lo hacía, dirigiéndose a la Virgen:

“Quiero mirar con tus ojos,
hablar con tu boca,
oír con ti oído,
amar con tu corazón
”.